¿Holocausto judío?

Un interesante extracto de un artículo de un blog de izquierdas que leo a menudo:

Si la sociedad occidental tuviera conciencia de que la narración del Holocausto es falsa, el sistema oligárquico mundial se derrumbaría. Aquéllos que odien con toda su alma dicho dispositivo criminal de opresión y aspiren a destruirlo, tienen que negar el Holocausto, no hay otro camino para avanzar hacia la democracia.
Pero negar el Holocausto no puede consistir en rechazar que existiera una persecución nazi de los judíos y que ésta generara millones de muertos en campos de concentración o fosas de la estepa rusa, como pretenden los revisionistas. La tarea de los revisionistas por lo que respecta a redimensionar los hechos, recortar el número de víctimas (que ya no pueden pasar, por lo que hoy sabemos, de 2 millones), desmontar el mito del plan de exterminio y de las cámaras de gas, etc., ha sido muy meritoria. El sistema ha quedado gravemente afectado, de ahí la legislación represiva. Pero ahora ha llegado el momento de reinterpretar la narración en su conjunto, no de analizar hechos aislados, por muy importantes que éstos sean, intentando llegar a un “cero” de criminalidad nazi que es francamente insostenible desde una actitud honesta.
La legislación “contra el odio” no tiene como finalidad amparar a las víctimas del holocausto, sino, ante todo, ocultar el contexto histórico en que se produce el hecho -exagerando, eso sí, sus dimensiones y características. Pero el contexto histórico del holocausto son los crímenes, mucho más graves e impunes, perpetrados por la oligarquía. Las leyes que prohíben banalizar el holocausto lo que pretenden en realidad es impedir la denuncia de los “genocidos olvidados”. Las leyes anti-banalización vienen a fijar como norma la exigencia de banalizar ciertos (otros) genocidios; el mandato político antidemocrático, cuya transgresión es castigada penalmente, de no recordar los crímenes de masas de los vencedores, de minimizarlos, de justificarlos, de negarlos… La legislación liberal de derechos humanos es así lo mismo que la negación de los derechos humanos. La ley contra la apología del genocido es lo mismo que la apología del genocidio (de los alemanes). Las leyes liberales contra el racismo son lo mismo que una institucionalización del racismo (judío). Estas legislaciones, en definitiva, parten del supuesto sionista de unas víctimas judías convertidas en víctimas de “primera clase” frente a otras víctimas de segunda clase, o incluso no-víctimas, que ni siquiera se merecen un juicio, que no pueden ser recordadas, equiparadas, comparadas, hermanadas con las víctimas de Auschwitz. Todo este fraude, que ya dura 60 años, es moral y políticamente gravísimo, nauseabundo, intolerable. En estos preceptos legales “antifascistas” aquello que se manifiesta, entre líneas, es el espantoso rostro exterminador de la oligarquía sionista que los palestinos sufren cada día, como único y verdadero pueblo universal actual, en su propia carne.
En consecuencia, negar el holocausto no puede consistir en afirmar simplemente que no existió, sino en denunciar los genocidios de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Se niega la narración, el marco de sentido, el “horizonte hermenéutico” (sionista) de fondo, no el factum. Sólo la evidencia y la conciencia pública de estos (otros) facta espantosos permitirá dar el “salto” exegético, a saber, la comprensión de por qué el holocausto tuvo que ser exagerado: lo fue con el fin de ocultar los auténticos horrores del “humanismo” que la historia mítica de Auschwitz había de minimizar. Dado que los genocidios, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad de los vencedores eran enormes, para hurtarlos a la conciencia pública el holocausto había de adquirir unas dimensiones cósmicas, ubicarse más allá de la razón, resultar a la postre inexplicable, encarnar el “mal absoluto”, etc. Así surgió el Holocausto, con mayúsculas. Antes que ofender a las víctimas de la persecución nazi, se trataría así de rescatarlas, siendo así que éstas devienen criminalmente instrumentalizadas para negar, ofender, banalizar a otras víctimas del mismo delito en cuanto tales. Un niño judío fallecido de tifus en Auschwitz está siendo utilizado como arma propagandística para asesinar por segunda vez al niño quemado vivo en Dresde. No otro es el canallesco modelo de la legislación oligárquica sobre la memoria histórica y la lucha antirracista. La verdadera ofensa contra las víctimas del holocausto es esta obscena manipulación política de un genocidio por parte de otros genocidas, del asesinato de unos inocentes, para justificar, menospreciar y, a la postre, negar, el exterminio de otros inocentes. El niño judío y el niño alemán -víctimas iguales- están más próximos entre sí de lo que lo están los sionistas y mercachifles de la industria del holocausto respecto de sus propios muertos. El genocida nazi y los genocidas comunista, liberal o sionista forman un bloque abominable frente a la unidad moral de todas las víctimas. Y es esa unidad la que, con la narración fraudulenta del Holocausto, ha sido rota y mancillada por las sucias manos de los asesinos antifascistas.


Deja un comentario